
El otro día estaba con mi hija haciendo compras en el mercadito del barrio y pude observar a una mamá con su pequeño de unos 2 años, el cual lloraba evidentemente fastidiado, la mamá se disponía a sentarse a comer un plato de cebiche en un puesto y su bebé la jalaba, lo que motivó a que la mujer con enojo le dijera “pórtate bien”; bajo el calor sofocante del mediodía el niño estaba visiblemente cansado y con calor. Viendo las cosas desde afuera es fácil juzgar a la mamá, después de todo no era justo para el niño, y claro que no era justo, pensaba, cuando en eso como si de una vocecita interna se tratara, me dice: ¿y tú?... ¿yo? nunca hice algo así, alegué y un recuerdo se asomó en mi memoria, un evento que sucedió hace un tiempo; estaba sirviendo el almuerzo a mi hija y accidentalmente ella deja caer todo el vaso de refresco al piso, acto seguido yo reacciono muy enojada y le grito, y pude recordar claramente la vocecita llorosa de mi hija en ese entonces de 3 años diciéndome en su media lengua: mamá ¿peo poque te moletas?..., recuerdo también haberme sentido muy mal, pues ella tenía razón, o ¿es que a mi nunca se me cayó un vaso de refresco?. Aunque no es la misma situación que la de la mamá y su niño, si tienen algo en común, que fui injusta, no me puse en los zapatos de mi hija.