
Antes de ser padres a mi esposo y a mi siempre nos decían que un hijo te cambia la vida, cosas como: todo será diferente, aprovechen ahora, duerman todo lo que puedan porque después.., etc, y nosotros inocentes e ilusos pensábamos que estaban exagerando, que si seguíamos ciertas reglas o técnicas milagrosas de crianza la hacíamos linda. Yo siempre anhelé ser madre, eso era algo que daba por hecho, incluso antes de casarme me imaginaba a mi misma en un futuro cómo sería de mamá, lo que haría y lo que no haría, la forma de educar a mis hijos y los “errores” que no cometería, o las que cosas que yo no permitiría, oh sí, lo tenía todo fríamente calculado, amor y disciplina balanceados a la perfección, toda una experta, sabía que sería difícil pero la verdad es que no tenía ni idea. La maternidad te lleva al límite desde el primer día, desde las nauseas, hasta el dolor de dar a luz, sabías que dolía pero no sabías qué tanto, nunca volverás a dormir como antes, ni a hacer nada como antes, aprendes en el camino y muchas cosas que decías que no harías, pues las terminas haciendo y nunca entiendes más a tu mamá hasta el día en que te conviertes en mamá; desde el día en que tomas a tu bebé en tus brazos, a esa preciosa vida que amarás intensamente pero que te volverá loca por momentos; y entonces empiezas a ver cada situación que se presenta con otros ojos, esta vez a través de los lentes de una madre.