Hace unos días conocí a una mami en el parque, los que me conocen saben que no soy muy buena para empezar conversaciones, en realidad fue ella la que la inició y ese pequeño momento resultó ser una de las conversaciones más honestas y empáticas que he tenido con una mamá en mucho tiempo, lo resaltante del caso fue su honestidad, no fue una de esas conversaciones acerca de cómo se debe criar un hijo o de lo superdotado que es el suyo, o de lo buena y abnegada que es ella, fue más como: “sabes, no es fácil”, “meto la pata” y “no pensé que fuera tanto trabajo”, y otras cosas más que algunas madres no confesarían, que no se las dirían a nadie y menos a una extraña, pero podía entenderla, ella es una mamá que trabaja, yo me quedo en casa, pero teníamos algo en común, éramos dos mamás imperfectas y lo admitíamos, ninguna de las dos se sintió mejor madre que la otra, fue casi liberador podría decir. Y pensé en lo genial que es esto, cuánto necesitamos de estos momentos de catarsis y empatía entre mamás, es difícil para una perfeccionista como yo admitir que no la hago, que fallo y que no soy una superwoman y he llegado al punto en que no temo reconocerlo, lo admito.
